Macri y Bullrich, políticos “modernos”



Rodolfo Luis Brardinelli

“Hay que dejar los prejuicios ideológicos y la politiquería barata y votar algo moderno”
Mauricio Macri

“No puedo permitir que se publiquen materiales con alguna tendencia ideológica”
Esteban Bullrich

Acorralado por una sucesión de fracasos, frustraciones y pasos en falso que comienzan a corroer su armadura de inexpresividad y amianto –hasta ahora efectiva, debe reconocerse–, el ingeniero Macri intentó pasar a la ofensiva. Como ya se ha explicado reiteradamente, las forzadas salidas de Palacios, Ciro James, Narodowski y Posse, el abandono de Solá primero, de De Narváez y Duhalde después, el escándalo prostibulario del comisario Fausto Colombo, el fracaso de Orly Terranova, su candidato en Mendoza y, sobre todo, el giro tomado por la causa por las escuchas telefónicas ilegales, lo forzaron a inventar un salvavidas con el que trata de mantenerse políticamente a flote: un proyecto de reforma del Código de Convivencia de la Ciudad que criminaliza a los trapitos, los limpiavidrios y los piqueteros. En defensa de este proyecto, el ingeniero dejó una sentencia que lo pinta de cuerpo entero y sin ropas: “Hay que dejar los prejuicios ideológicos y la politiquería barata y votar algo moderno”.

Pocos días después, el ministro de Educación de la Ciudad, licenciado en sistemas Esteban Bullrich, puesto en aprietos por las críticas que suscitó su decisión de no publicar los textos relativos al Bicentenario que había elaborado la Dirección de Currículo del ministerio a su cargo, trató de explicar la medida a través de su página web personal. En su descargo, el ministro dice que tomó la decisión de no publicar los textos ni difundir las láminas, líneas de tiempo y fichas que los acompañaban –material que había sido muy bien recibido e incluso propuesto por la Fundación del Libro como mejor edición educativa 2009– porque “no puedo permitir que se publiquen materiales con alguna tendencia ideológica”.

Maravilloso. Mayor coherencia –perdón Macri, perdón Bullrich, es imposible no endilgarles la palabra maldita– ideológica entre jefe y subordinado no puede pedirse. El jefe cree, o finge creer, que existen medidas de gobierno “no ideológicas” y el subordinado cree, o finge creer, que existen textos educativos sin “tendencia ideológica” alguna. Más homogeneidad ideológica no puede imaginarse.

Desde que el neoliberalismo triunfante proclamara, Fukuyama mediante, el fin de la historia y la muerte de las ideologías, gran parte de la derecha ha encontrado la coartada perfecta para ocultar su naturaleza crudamente egoísta, su desprecio por los pobres –que ella misma genera–, su intolerancia y su racismo. Si las ideologías han muerto ya no hace falta asumir el peso de ese rótulo vergonzante que remite al elitismo, explotación y desamparo. Ahora los mismos viejos, y crueles, objetivos de la derecha pueden ser perseguidos apelando a conceptos supuestamente neutros como el saber técnico, la eficiencia en la gestión y las leyes del mercado. Así, todo lo que se oponga a este discurso elemental, cualquier pregunta por el sentido, cualquier objeción que le dé espesor y complejidad al análisis será, para esta derecha camuflada, un “prejuicio ideológico”, o “politiquería barata”, que sólo sirve para obstaculizar la racionalidad lineal y torpemente pragmática de “lo moderno”, es decir, lo “técnicamente correcto”, lo, supuestamente, desideologizado.

Pero ese camuflaje discursivo, que no resiste el más mínimo análisis teórico, simplemente se evapora en contacto con la realidad de proyectos y prohibiciones que literalmente chorrean ideología.

Mucho puede el jefe de Gobierno despreciar lo que llama “prejuicios ideológicos”, pero muestra que los tiene, y a flor de piel, cuando a la hora de imaginar un hecho político que lo sostenga lo que se le ocurre es criminalizar al objeto de sus odios y sus fobias, los pobres, que no otra cosa son en definitiva los trapitos, los limpiavidrios y los piqueteros. Cuando en lugar de pensar para ellos un plan de inclusión social piensa sólo en un recurso tan “moderno” como el garrote. Cuando abusa de la palabra mafia usándola para definir a quienes explotarían a los trapitos y limpiavidrios pero omite utilizarla para definir a la policía que creó o al aparato de espionaje que funcionaba bajo sus narices, por decir lo menos.

Más claro es el caso de los textos sobre el Bicentenario. El ministro pide textos sin “tendencias ideológicas” porque, según ha trascendido, considera “ideológico” que los nuevos textos intenten expresar la visión y los intereses históricos de los aborígenes, las mujeres, los negros y los trabajadores rurales, es decir, los sectores socialmente postergados. Aquí también la realidad desnuda la falsedad del discurso desideologizante. Si el ministro no ve como “ideológicos” los textos que, ajustándose a la historia oficial, privilegian la visión y los intereses de los sectores socialmente dominantes, es porque comparte esa visión y esos intereses, es decir, esa ideología, y la ha naturalizado como la única posible, aunque no sea consciente de ello.

Quizá no sorprendería que un hombre como Macri sueñe con textos sin “tendencia ideológica”, pero sí sorprende que los pida un ministro de Educación, un funcionario del que cabría esperar, casi por definición, que haya comprendido y asumido que todo objeto, en especial si ese objeto es un texto y más aún si la materia de ese texto es la historia, encierra y expresa ineludiblemente, más allá de las intenciones del autor, una postura, una mirada y una perspectiva que no puede ser sino ideológica.

Sociólogo, Universidad Nacional de Quilmes