Una invitación

Por Sandra Russo

Acabo de recibir en mi correo electrónico una invitación. Dice así:

“Si no te animás y preferís que te sigan: robando, mintiéndote, burlándote, pisoteándote, riéndose de vos, maltratándote, violando tus derechos, privándote de educación, seguridad, etc., quedate en tu casa tranquilo. Pero por favor enviá este mail a todos los que puedas. Seguramente hay mucha gente que se cansó de vivir a diario todo esto y quiere que se la escuche!!! ‘Para que el mal triunfe, basta con que los hombres de bien se queden de brazos cruzados’. Edmund Burke. CACEROLAZO... Para que los Kirchner escuchen de una vez el ruido de las urnas que con temeridad desobedecen (de eso se trata la democracia)”.

El correo me lo mandó alguien que no me conoce ni sabe cómo pienso; me tiene en su mailing desde que alguna vez hice una consulta on line por un objeto de diseño. Me sentí tan invadida por un pensamiento tan ajeno que le contesté, aunque sé que no sirve para nada. Estoy hasta las extensiones que no tengo de las ñoñadas de la derecha, sobre todo porque fíjense: uno lucha todo el día con las palabras, para que sean correctas, directas, lo más precisas posible. Y en las últimas semanas hemos presenciado el espectáculo de la derecha diciendo cualquier cosa. La impunidad con la que hacen uso del lenguaje y formatean la realidad a su antojo es notable. Están acostumbrados a decidir todo, hasta el nombre de las cosas. Lo último de lo último, según pudo saberse en el cónclave de notables que visitó la Legislatura porteña, es que no quieren que se diga que son de derecha. Les molesta. Lo toman como una ofensa. ¿Cómo se explica? Son muy bien tratados por la gran prensa. No hay campañas multimediáticas de desprestigio de ningún pope de estos que ahora sitúan el mal en Venezuela. Se diría que es al revés. Ellos son los ideólogos del nuevo eje del mal en la región, ellos son los que pusieron la semillita intelectual. No es que defienda todo lo que pasa en Venezuela, ya que para eso tendría que saberlo. Nadie está informado sobre lo que pasa en Venezuela. (A Alvaro Vargas Llosa, por ejemplo, le hicieron notas cuando “lo detuvieron en el aeropuerto de Caracas y le retuvieron el pasaporte”. Ni una ni otra cosa. Fue un trámite migratorio largo.) La información que llega es tan sesgada y tendenciosa que desinforma. Pocos argentinos están en condiciones de discutir algo relacionado con Venezuela, porque lo que circula son clichés. En fin, pero ellos dicen que no son de derecha. Quieren ser el centro porque quieren además ser la voz oficial del mundo.

Siguiendo con la historia del mail, por ese mismo medio y controlando el tono le pregunté a la señora que me invitó a cacerolear qué hay de su propio respeto por las urnas que eligieron un gobierno hasta el 2011. Le pedí que dejaran de coquetear con los sobresaltos institucionales, y le indiqué que a mi parecer respetar los mandatos constitucionales es lo único democrático, educado y chic.

Después me quedé repasando el texto. No es un correo escrito por una señora de Barrio Norte irritada con este Gobierno. La frase de Edmund Burke da la pista. La escuché varias veces desde el año pasado. En sí misma, no es mala. Habla del mal, habla del “triunfo del mal”. De Burke no sabía casi nada, y la frase me llevaba a pensar, por ejemplo, en el Holocausto o en el genocidio argentino. El mal no habría triunfado si las personas de bien no se hubiesen quedado de brazos cruzados. Estaba pifiándola feo, ya que Burke fue un filósofo irlandés del siglo XVIII para quien el mal estaba encarnado por... la Revolución Francesa.

Me enteré también de que en España, hace un par de años, se creó la Fundación Burke, que está dedicada a fomentar, relanzar y profundizar políticas conservadoras. Burke, cuya obra más famosa es Una indagación filosófica acerca de nuestras ideas sobre lo Sublime y de lo Bello, es el intelectual en el que abreva la reacción conservadora en muchos países. En uno de los artículos de la Fundación Burke, en un link llamado “Lo conservador”, leí que ese sector defiende una civilización nacida de la síntesis de “la filosofía griega, el derecho romano y el cristianismo”. Y también que esa confluencia “permitió el florecimiento de la libertad: gobierno limitado, libertad individual, responsabilidad personal, sometimiento del Poder al Derecho, economía libre y una invariante moral para el orden político”.

Todo me pareció correcto pero la trampa estaba en lo de la “economía libre”. El neoliberalismo es un bicho que se camufla en la democracia. Burke integraba el Parlamento británico a mediados del siglo XVIII y mantuvo un posición opuesta a la Thomas Paine en relación con la Revolución Francesa: rechazaba la “falta de respeto por la tradición legal consuetudinaria”. Si fuera por Burke, Francia sería aún monárquica. Pero también, en lo económico, fue de los primeros en darle piedra libre al mercado. De esos conservadores, fue el primer liberal.

Quizá por eso se entienda que ahora Burke sea retomado, plumereado y expuesto como think tank de los sectores que en todo el mundo quieren restaurar un orden que no encuentran porque está todo dado vuelta. Empezando, claro, por el ombligo de “nuestra civilización”, que debió admitir en los hechos que cuando todo cae lo único que queda en pie para resolver, salvar, financiar, subsidiar y mantener algún tipo de orden es el Estado.

En otro de los artículos, un ensayista español señalaba que lo más urgente que hay que restaurar es la legitimidad del pensamiento conservador, “acomplejado” en la actualidad (es eso: los acompleja ser de derecha). Así, sostiene, como incluso los gobiernos conservadores no lo son lo suficiente, “actúan aceptando la proscripción del elemento religioso en el debate público, debilitando la familia, aumentando o manteniendo el tamaño y control del Estado de bienestar, consolidando así un modelo claramente intervencionista”.

Estas ideas se vinculan con el relato vigente y en permanente construcción sobre el nuevo “eje del mal” en América latina. Son su leche cultivada. Y contienen bacilos contra cualquier tipo de cambio en puerta. Aunque ese cambio sea democrático. Desconocen la soberanía popular. No es un concepto en el que se detengan, más que para sugerir que si el cambio es profundo, conviene abortarlo.

Son los mismos que están contra el aborto. Se niegan sistemáticamente a admitir la interrupción de un embarazo, pero cada tanto instan a abortar un gobierno.

Una frase más de Burke que no tiene desperdicio: “El dinero es el sustituto técnico de Dios”.