Ficciones verdaderas



Por Roberto Caballero

Nuestra sociedad está impregnada de un sentido de catástrofe inminente que todo lo embrutece. Como esta aparente emergencia domina nuestros actos, no importa si en la avalancha pisoteamos al de al lado, lo herimos, lo vapuleamos, lo humillamos, porque el supuesto estado de excepcionalidad en el que vivimos admite decir o hacer cualquier cosa, incluso ser peores de lo que somos.

Cada día que amanecemos esperando el Armagedón que nunca pasa, una parte de nosotros se envilece reaccionando como lo haría por instinto un lobo acosado, despojándonos de los mínimos rasgos humanos que hacen posible la convivencia. De Hobbes para acá, podría decirse que la historia de la humanidad es la de una especie que evoluciona a través del tiempo poniendo a raya, mediante normas y consensos básicos, el salvajismo atávico.

Pero lo cierto es que los argentinos venimos retrocediendo en cuatro patas hace ya un tiempo. El mejor retrato de este descenso a lo peor de nosotros lo logró un filósofo genial que trabaja de cómico llamado Diego Capusotto, quien en la Rock & Pop parodia un noticiero donde todas, absolutamente todas, son pésimas noticias, acompañadas de llamados de oyentes cualunques generosos en improperios, donde el término “montonero” se aplica indiscriminadamente como descalificación a Cobos y a Cristina Kirchner, a Maradona y a Mirtha Legrand, a De Vido y a Marcos Aguinis, en fin, a todo el mundo, y donde a todos se les pide la renuncia cumpliendo con los sueños destituyentes de Grondona y Biolcati. En el micro radial, “¿Hasta cuándo?”, Capusotto les presta voces (algunas identificables) a múltiples opinators que denuncian que los “chorros” son legión, como única conclusión posible de ese país imaginario y asfixiante. Basta con prestar atención a los noticieros reales de la TV y las radios, o a los post en las versiones digitales de los medios masivos para confirmar que el trabajo de Capusotto y su creatividad compiten en el desmadre con la propia realidad.

La verdad es que la Argentina no es el Titanic, pero esta menesunda destructiva, maloliente y superflua, donde los sentidos más nobles se ven agredidos y ultrajados por los más miserables, propone que sí lo es. Y entonces nos preparamos para salvarnos del hundimiento, como sea. No hay mujeres y niños primero. Hay manotazos y empujones para ver quiénes se adueñan de los botes.

No sé cuándo ni cómo ocurrió, pero sí sé que esa manera perversa de pensar al otro como un sospechoso se instaló en la política y en el periodismo. Ya no hay matices que elogiar ni pasado que respetar. Carta Abierta pasa a ser, entonces, ya no un grupo de intelectuales que apoyan a un gobierno que honestamente creen mejor que otros, sino una usina de inescrupulosos que dicen lo que dicen porque viven de la teta del Estado. Los artistas populares son coimeables. Las Madres y Abuelas actúan por dinero. O peor aún, el jefe de la bancada K en Diputados, Agustín Rossi, puede opinar como si nada, aplicando el mismo destrato del que habitualmente se quejan los funcionarios de su gobierno, que Ernesto Tenembaum lo inquiere por radio cumpliendo órdenes del Grupo Clarín, desconociendo la historia de un profesional que en los ’90, mientras muchos de los actuales compañeros de ruta del oficialismo explicaban las bondades del indulto a los genocidas o levantaban la mano para darle “superpoderes” a Domingo Cavallo, estuvo entre los que no se dejaron comprar por el menemismo. Según la teoría Rossi, Tenembaum trató de lastimarlo públicamente porque el grupo empresario para el que trabaja se quedó sin el negocio del fútbol. Hay muchos periodistas que funcionan como terminales de los intereses económicos de los medios. Y hay un método para detectar cuándo se está en presencia de un mercenario y cuándo no: su trayectoria.

Tenembaum no es crítico del gobierno K desde que le arrebataron el fútbol a Clarín. Está la colección completa de sus artículos en Veintitrés para demostrarlo. Y más aún, si Rossi y el resto del kirchnerismo leyeran con detenimiento las opiniones de Tenembaum en la revista no hubieran cometido dos errores groseros: dinamitar los puentes con la clase media e insistir, por momentos, en parecerse a lo que dicen combatir. ¿O, acaso, a Ricardo Jaime lo nombró Magdalena Ruiz Guiñazú?

Digámoslo. Este es un gobierno que afecta intereses. Las críticas que recibe se deben en partes iguales a lo que hace mal y a lo que hace bien. Concedo a Rossi, además, que tiene razón cuando se queja de que lo vapulean las corporaciones, porque hay manipulaciones informativas evidentes como nunca antes, pero ignorar que dentro de los grupos que se resisten a la Ley de Medios Audiovisuales, por ejemplo, hay periodistas que pelean para que la verdad social cuele desmarcándose de los intereses patronales, es confundir la parte con el todo, bastardeando una profesión como la nuestra, haciendo con nosotros lo que no les gusta que hagan con ustedes, los políticos. Abonando la teoría de que todo está perdido, y que las convicciones y las trayectorias son mercaderías en oferta.

Ni todos los políticos son corruptos.

Ni el mejor periodista es el obsecuente.

Si no corregimos ese desesperanzador relato, el país que soñamos deja de ser una utopía por la que vale la pena luchar para convertirse sólo en una promesa de cataclismo constante.
Del sueño a la pesadilla, sin escalas, dejando sin trabajo al guionista de Capusotto.


* Director de Veintitrés