Política facial

Por Horacio González *

¿Vieron la publicidad de De Narváez en la televisión? Sí, una más de un político que vende un sedativo, tranquilidad asegurada, no-crispación. Pero no. No es solo eso. Lo que dice y el modo en que lo dice es muy grave. Si me permiten exponerlo así: atenta contra la seguridad. No cualquier seguridad –no le escapo a esa discusión–, sino a una que nos interesa sobremanera. La seguridad de encontrarnos, en medio de las divergencias propias de la historia nacional, en el terreno del reconocimiento de un lenguaje socialmente vivo. Forjamos nuestra propia lengua inmersos en ese lenguaje. En cambio, la del señor De Narváez implica el fin de un ciclo histórico. La cancelación del idioma social de la política que formó generaciones enteras de ciudadanos.

Su cara higienizada, sus palabras balsámicas, su toque sosegado de pastor sermoneando robóticamente al fin de la noche, hunden el modo distintivo de la multívoca lengua nacional. No la lengua que represente alguna identidad específica, sino la que con sus implícitos, residuos y rezongos permite conocernos y disentir. La lengua que faculta el trasiego y la agitación de las singularidades. La que sostiene el modo de hablar real y lo que por ventura se escribe en nuestros panfletos, poemas o novelas. Como indagación subjetiva o como tañido legendario. Es esa lengua la que queda anulada cada vez que De Narváez suelta sus frases torneadas en recámaras especializadas.

No es de ahora, pero algo terrible ha sucedido y quizá no lo percibimos. Pareciera que atravesamos el capítulo final de una forma del habla política argentina. Escuchen la publicidad de De Narváez. Un currículum etéreo: el padre, los hijos, la fortuna hecha trabajando. Una receta de querubín: sumar y no confrontar, fórmulas fáciles de los redactores de laboratorio. Y una paradoja patriarcal. “Vengo a ayudar” dicho en primer lugar. Pero agrega: “ayúdenme”. Nunca nadie que haya decidido “venir” dijo que lo hacía apenas para ayudar y encima burlándose, pidiendo en seguida que lo ayuden. Lavativas verbales que aparecen en el lugar de lo que sabemos que es lo político, en su verdad profunda. Una convocatoria asumida en tanto riesgo liminar. En cambio, el círculo ayudador-ayudado es superficial, ficticio. Esta estructura cierra las intenciones colectivas. Destruye de por sí lo político y todas las demás significaciones activas de la vida.

Este despojamiento autobiográfico sustituye a lo siempre problemático de una existencia. ¿No tuvo la política argentina ejemplos de “vidas problemáticas”? A ellas siempre nos atuvimos: la de Yrigoyen, Lisandro de la Torre, Deodoro Roca, Perón, Cooke, Alfredo Palacios, Scalabrini Ortiz, Alfonsín, vidas rugosas, repletas de alternativas y dilemas. Pero ahora se nos anuncia el reinado de una homilía publicitaria probada en los precintos de la construcción artificial de vidas. Con ella se desea suplir la fuente misma de la política. ¡Otra que una marca de cartera, un inocente perfume caro o una cosmética acentuada!

La fuente del vivir problemático quiere ser suplantada por el vivir sin vibraciones. Algo turbio se cierne sobre el país. La biografía televisiva de De Narváez es una efigie “aproblemática” pero paradójica. Dice mucho pero no sabemos quién es. ¿Puede ayudar alguien del que no sabemos cuáles fueron sus pliegues y vaivenes? Pero no, no es un olvido. Es una omisión que implica toda una elección teórica, casi una epistemología. Es que un fetiche ahora vacío, desvitalizado, reemplazó el intercambio social por una red de ayuda: “vengo a ayudar”, “ayúdenme”. Sí, escúchenlo bien y avergoncémonos. Esta deshonra nosotros la permitimos, aceptando pasivamente que sea normal que alguien hable de ese modo en las luchas políticas. Se trata de un acto final de la lengua política recibida, con la que hablábamos de trayectorias, programas y memorias. A este triste capítulo póstumo de la política historizada, la sociedad argentina lo viene construyendo paso a paso, a cada fracaso de la democracia efectiva, a cada avance irresponsable de un conservatismo de sociedad cansada, con el miedo tatuado en su pescuezo.

Cuando en una nación fracasa la lengua articulada con la que se fundó la política, aparecen las pobres magias de alambique, tomadas de discursos seudoevangélicos, pero pasados por siglos de venta ambulante, metrajes copiosos de prédica publicitaria y deshistorización brutal de los enunciados. Así operan los nuevos monjes de trastienda que ayudan a los neo-políticos sin historia. “Ayudar.” ¿No nos da vergüenza atrofiar en nombre del mero “ayudar” las fuentes de la política, que descansan en el compromiso, la pasión y la capacidad de afrontar la adversidad? A mí me gusta ayudar a un amigo o a un peatón anónimo que tropieza en la vereda. Pero ese gentil sentimiento se transforma en grajea innoble cuanto intenta sustituir las inflexiones de la historia.

Nos insulta, señor De Narváez, cuando con su rostro seráfico nos propone la ayudocracia en vez de la política de ideas. Su aire angelical para anunciar el desmantelamiento nos evoca un aciago fracaso colectivo. Nos propone el socorro mutuo en vez de la discrepancia lúcida. Reinaría por doquier su acertijo vil –“vengo a ayudar” para que me “ayuden”– en vez de la difícil interacción de los pensamientos sociales en un mundo social quebrantado. La mentira –escúcheme– no es una forma de conciencia ni una incoherencia buscada. Es lo que puede mostrar la totalidad lisa de un rostro que nada sabe de su potencial intimidatorio. Su política del rostro ni siquiera puede verse como mala fe, pues tiene la fuerza de una candorosa maniobra para clausurar legados y compromisos.

No tengo nada contra los tatuajes. Son narraciones de nuestra piel, muchas veces profundas alegorías de nuestro tiempo que traemos a los pobres territorios de nuestro cuerpo. Pero el alisamiento facial absoluto, el hablar maquinal sin inflexiones, presupone que es peligroso decir algo sustantivo y con marca de identidad social reconocible. Con usted se palpa ese peligro, De Narváez. Lo único que sorprende es el asomo de un tatuaje en su cuello, marca enigmática y escénica de carácter conjetural. No es descifrable a simple vista televisiva. Pero se avizora como la punta insinuante de un pañuelo perfumado. Eso es lo amenazador, con buen perfume de tendero afortunado, sobrador. Allí se muestra el peligro que su lengua ascética de la ayudología se niega a revelar.

Esos ideogramas que asoman por el cuello de la camisa quizá sean los nuevos jeroglíficos que anuncien cómo se organizará el Estado que surgirá cuando los “no-crispados” triunfen, si triunfan. Bajo las túnicas almidonadas y la fisonomía sin poros, emergen lateralmente los místicos sellos epidérmicos. Advierten un nuevo cilicio social, en nombre de la razón sin convulsiones. Una nueva intolerancia en nombre de los alfileres de acero en el mapa de seguridad. Si no reaccionamos, todo un país puede ser envuelto en su impotencia e incuria, marchando alegremente hacia el fin de su propia historia.

Numerosísimos políticos peronistas, radicales o socialistas, con todos sus achaques conocidos, habían conservado sin embargo ciertas huellas de propiedad lingüística. En el corazón último de su charla todavía se exhibía el guiño deshilvanado de sus convicciones. Ahora están dispuestos a aceptar que las cosas están así, inodoras e insípidas. Narvaizadas. Salidas de los púlpitos lúgubres de la televisión profunda. No de la que hay que respetar, mejorar y en muchos casos refundar. ¿Quieren el poder? ¿Dar por terminada la crispación? Entonces, deberá ser válido para muchos políticos profesionales dejar de ser ellos mismos, ya que toda una sociedad ha dado pasos agigantados para saldar toda su historia en un espejo esterilizado. Disipada, sin que nuevas denominaciones surgiesen.

Así, una asombrosa corriente de ideas ha sustituido el juego político heredado, ese mismo que hay que transformar para que a su vez transforme. Como en la tragedia griega, parecería que todo crimen civil fuese manifestación de un destino inducido desde el vientre del Estado. Su repercusión sin mediaciones debería arrasar al propio Estado culposo. Quedaría, al fin, la policía. Con ello se liquida la política, la legislación, la vida pública autónoma y la justicia en nombre de un nuevo totalitarismo semántico. Veremos desfilar falanges populares rezando por el credo reaccionario que destila un rostro sin vestigios de ninguna historia. En el mejor de los casos, puede ser que allí también reconozcamos el naufragio de la historia de todos nosotros cada vez que estuvimos distraídos. Carentes de ideas. Recelosos ante el compromiso y aceptando el monograma desabrido de los mercaderes. Ese tatuaje con que se desea borrar todos los rastros populares. Precisamente lo que hay que reconstruir.

* Sociólogo, ensayista, director de la Biblioteca Nacional.