La oposición y la torre de Babel

Por Edgardo Rodríguez del Barrio

El libro del Génesis de la Biblia narra en el capítulo 11 (versículos 1 al 9) la historia de la torre de Babel. Este párrafo del Antiguo Testamento cuenta la historia de un grupo de hombres que pretendieron construir una torre cuya cúspide llegara al cielo. Según el relato, Dios confundió sus lenguas (literalmente “las embrolló”) y no pudieron terminar su obra porque no se entendían, por lo que terminaron dispersándose por todos los confines de la tierra.

La oposición política en la Argentina de estos tiempos pareciera sufrir el “síndrome Babel”. Intentan construir una opción opositora común pero hablan lenguajes diversos y terminan dispersándose. El único elemento unificador parece ser construir la torre, que, según lo que se desprende de sus dichos, para ellos se traduce en desgastar al gobierno con el objeto de ganar las elecciones. Pero cuando se trata de plantear alternativas a las propuestas gubernamentales, o no las tienen o cada uno emprende caminos diversos.

A través del lenguaje expresamos nuestras ideas. El lenguaje político de los dirigentes de los diversos partidos debería expresar las ideologías de los mismos para que los votantes puedan saber qué corriente de pensamiento encarnan. Por el contrario, esta oposición política no expresa ni ideas ni ideologías; las primeras parece no tenerlas, las segundas da toda la impresión de que las esconden intencionalmente como así también sus propósitos.

El espinel opositor
Esconde Carrió, esconde Macri, esconde Morales, esconden Duhalde, Solá y De Narváez, esconde Reutemman, esconde Cobos, esconde Binner y esconde también la Mesa de enlace, que si bien no es un partido político actúa como si lo fuera, nucleando a toda la oposición en el único tema en el que parecen acordar, pero en el que no tienen lenguaje propio sino que se montan en el de las entidades patronales agrarias. Nadie puede por sus dichos adelantar qué haría alguno de ellos si fuera gobierno. Y todos esconden con lenguajes e intereses diversos.

Carrió asume un lenguaje religioso-apocalíptico y seudo profético, cuya voz se alza para anticipar las 12 plagas de Egipto para la Argentina debido a las políticas de los Kirchner (sin explicar claro cómo esas políticas nos sacarán de la recesión, del default, del desempleo, de los déficits comercial y fiscal y de cómo esas políticas lograron la reindustrialización, el crecimiento sostenido de la demanda, la disminución de la pobreza, etc.) y hacer denuncias genéricas de corrupción, que en general no prosperan en el ámbito de la justicia, que debe ser el sitio obligado donde se radican las denuncias de delitos. Pero en su devenir, muestra contradicciones permanentes dado que por la elección de sus aliados muestra claros corrimientos hacia la derecha y es capaz de intentar una alianza con el socialismo a la vez que potencia al economista liberal Prat Gay como su asesor y candidato y en su Coalición Cívica aniden partidos tan liberales como el demócrata de Mendoza. También su lenguaje demuestra contradicciones, basta ver un tema tan candente como el de las retenciones; de proponer retenciones en su plataforma 2007 pasa a defender a ultranza la eliminación de las mismas y así podríamos detallar varios de estos furcios.

Macri se esconde detrás del lenguaje de la eficiencia y la gestión, intentando despegar gestión de ideología, pero de sus acciones se desprende claramente poca eficiencia y mucha intervención de empresas privadas amigas, y de sus decisiones mucho dinero para baches y seguridad y poco para educación y pobreza. Detrás de su alianza con Solá y De Narváez está el intento de mantener vinculaciones con un justicialismo disidente al que nada le queda de peronismo, en un intento de repetir la historia de Menem: llegar al poder con discurso peronista y luego aplicar doctrinas liberales, absolutamente antitéticas con las propuestas del fundador del peronismo. El lenguaje de Duhalde hoy parece ser el silencio, un lenguaje que hay que leerlo desde los gestos mientras opera para construir, en base a lo que le queda del aparato bonaerense, un justicialismo disidente. Para lograrlo no parecen preocuparle los medios. Se reúne con antiguos enemigos como Solá y con advenedizos de historia liberal como De Narváez. Ellos tres con Macri son en sí mismos una Babel, una Babilonia sin futuro que ya le ha generado disidencias al PRO. Esta alianza parece unida con alfileres, podrá sobrevivir a la elección legislativa de 2009 pero lo más probable es que se caiga por su propio peso en 2011.

El lenguaje de Reutemann siempre ha sido ambiguo. Le ha permitido mantener sus cargos en el PJ santafesino a pesar de los cambios que se han producido a partir de 2003. Su retiro del bloque del PJ kirchnerista no ha hecho más que blanquear su posición, dado que ya en el último año su voto no ha acompañado los proyectos del gobierno, en particular con la ley de retenciones que colisionaba con sus intereses de productor rural. Su salida del bloque volvió a reflejar su ambigüedad. Se fue del bloque pero no sabe si se irá del PJ. Afirma que puede ser candidato a presidente en 2011 pero no lo confirma y va y viene con la posibilidad de conformar listas únicas con el PJ de Santa Fe en 2009. En esta ambigüedad se esconde, esconde su verdadera ideología, sus verdaderas intenciones, su apoyo al modelo neoliberal de los ‘90 y su oposición a las políticas del gobierno actual, más vinculadas al proyecto nacional.

El radicalismo parece una barca sin rumbo. Se hace muy difícil saber quién lo representa. Por un lado, está la línea institucional que parece conducir Gerardo Morales, personaje que no duda en hacer alianzas en cualquier sentido, en las que la única condición parece ser que se opongan al gobierno. Así puede estar junto a la Coalición Cívica, el PRO o el llamado justicialismo disidente. Pero una fracción importante de ese partido sigue a Cobos, que hoy puesto en la oposición ya no representa el radicalismo K sino un radicalismo anti K, pero tampoco termina por regresar a la UCR oficial. Además, una parte del sector que supo conformar cuando accedió a la vicepresidencia de la Nación permanece aliada al kirchnerismo. Súmeseles los radicales que están en la Coalición Cívica (inclusive su mentora, Lilita Carrió), los que acompañan a López Murphy, los que militaron con Lavagna, los que hoy no saben dónde encolumnarse y se podrá observar que es muy difícil, sino imposible, comprender qué es hoy el radicalismo, cuáles sus ideas, cuál su ideología y cuáles sus propuestas.

Binner, el gobernador de Santa Fe, no escapa a la medida. Representante del socialismo terminó, durante el enfrentamiento entre las entidades patronales agrarias y el gobierno, tomando partido por los sectores vinculados a la oligarquía terrateniente y a las clases altas de la sociedad; papel sumamente incoherente para un socialista aunque no tuvo el privilegio de la originalidad dado que varios de los partidos de izquierda estuvieron del mismo lado. Hoy, igual que todos los políticos de oposición, debe estar mirando con temor un escenario de acuerdo entre el gobierno y las entidades agrarias que lo dejaría, al igual que a todos los partidos opositores, sin banderas y sin conducción.

En síntesis
Es muy difícil aventurar que este amplio, heterogéneo y confuso espacio pueda conformar un frente opositor unificado en las próximas elecciones. Más difícil aún es pensar que puedan juntarse detrás de un candidato presidencial único en 2011. En el momento en que haya que presentar candidaturas (unificar el lenguaje) vendrá la dispersión, se confundirán las lenguas y se antepondrán los intereses porque el objetivo no será plantear una alternativa de poder político para gobernar, para construir un país, para llevar adelante un proyecto. Hasta ahora, solo se han entendido cuando han abandonado cada uno su lenguaje propio para utilizar el lenguaje del imperio neoliberal, o de la oligarquía terrateniente, un lenguaje extraño a nuestros intereses y a nuestra historia. Ya tenemos la experiencia de la Alianza, que abandonó el lenguaje progresista y opositor al modelo menemista, creyendo que así podrían continuar la torre que Menem, traicionando el lenguaje, había levantado a costa del sufrimiento del pueblo y la entrega de los bienes de la Nación. Repetir la experiencia espanta a quienes tenemos memoria, porque el edificio planeado en el lenguaje del imperio no tiene como destino construir una torre para defender los intereses del pueblo, los intereses de la Nación, sino sus propios intereses y los intereses de Babilonia, la representación del imperio dominante en la época del Antiguo Testamento, en que el relato de Babel fue escrito.