La nueva vestimenta del capitalismo


PETER SINGER *

En un simposio, celebrado en París el mes pasado, el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy calificó el capitalismo basado en la especulación financiera de "sistema inmoral", que "ha pervertido la lógica del capitalismo". Sostuvo que el capitalismo necesita nuevos valores morales y aceptar un papel más fuerte de los gobiernos. El ex primer ministro británico Anthony Blair hizo un llamamiento en pro de un nuevo orden financiero basado en "valores diferentes del máximo beneficio a corto plazo".
Resulta asombroso lo fácilmente que los políticos de todas las orientaciones —incluso los firmes partidarios ideológicos del mercado desregulado— han aceptado la idea de que el Estado debía rescatar a los bancos y las compañías de seguros cuando se encontraran con problemas.
Pocos han estado dispuestos a correr los riesgos inherentes a la decisión de dejar desplomarse a bancos importantes. Muchos temían un desempleo a gran escala, un maremoto de quiebras, millones de familias expulsadas de sus casas, la red de seguridad social tensada hasta el punto de desbaratarse y tal vez disturbios y un resurgimiento del extremismo político que llevó a Hitler al poder en Alemania durante la depresión del decenio de 1930.
La opción de salvar a los bancos de las consecuencias de sus propios errores indica un cambio de valores, alejado de la creencia en la idoneidad máxima del mercado. Pero ¿producirá también la recesión un cambio profundo en los valores de los consumidores?
No es casualidad que el simposio en el que participaron Sarkozy y Blair se celebrara en Francia, donde algunos han considerado necesaria la crisis financiera mundial precisamente porque está produciendo ese cambio de valores.
En una sección de Le Figaro sobre cómo reducir los gastos propios se predijo una "revolución en los valores" y se afirmó que la gente daría prioridad a la familia por encima del trabajo. (Los norteamericanos consideran que los franceses, con su horario laboral más corto y sus vacaciones más largas, ya conceden esa prioridad a la familia frente al trabajo).
Los franceses siempre han tenido menos tendencia a endeudarse: cuando pagan con tarjetas, suelen hacerlo con las de débito, con las que recurren a fondos que ya tienen, en lugar de a las de crédito. Ahora ven la crisis actual como una confirmación del valor que supone no gastar un dinero que no se posee.
Eso significa menos gastos lujosos, cosa que resulta difícil de conciliar con la fama de Francia como país de la moda, el perfume y el champaña, pero el exceso ya no está de moda y hay noticias de que en todas partes se están reduciendo las compras de artículos lujosos. Richemont, la empresa suiza de artículos de lujo propietaria de las marcas Cartier y Montblanc, ha dicho que está afrontando "las más duras condiciones del mercado desde su creación hace 20 años".
Ahora bien, ¿se trata de un cambio duradero de valores o de una simple reducción temporal, impuesta a los consumidores por las pérdidas en las inversiones y una mayor incertidumbre económica?
En su discurso de toma del poder, Barack Obama, dijo: "Ha llegado el momento de dejar de lado las puerilidades" y optar, en cambio, por la noble idea de que "todos son iguales y libres y todos merecen la oportunidad de perseguir plenamente su aspiración a la felicidad". Sería excelente que la crisis financiera mundial restableciese una conciencia adecuada de lo que es importante. ¿Podrá la crisis recordarnos que compramos artículos lujosos más por el rango social que representan que por su valor intrínseco? ¿Podrá ayudarnos a apreciar que muchas cosas son más primordiales para nuestra felicidad que nuestra capacidad para gastar dinero en moda, relojes caros y restaurantes de primera? ¿Podrá incluso, como propone Obama, volvernos más conscientes de las necesidades de quienes están viviendo en la pobreza real y en condiciones mucho peores que las que tendremos nosotros jamás, con o sin crisis financiera?
El peligro es que de las posibilidades de un cambio real de valores se apropien, como ha ocurrido con tanta frecuencia en el pasado, quienes lo vean solo como otra oportunidad de hacer dinero.
Según se ha sabido, la diseñadora Nathalie Rykiel, que va a exhibir su nueva colección de Sonia Rykiel en marzo, no va a hacerlo en su enorme y caro local habitual, sino en el espacio, menor, el de su tienda. "Es un deseo de intimidad, de vuelta a los valores", dice. "Tenemos que volver a una escala menor, en contacto con las personas. Vamos a decir: 'Vengan a nuestra casa. Miren y toquen la ropa’".
Ah, sí, en un mundo en el que diez millones de niños mueren todos los años por causas evitables y relacionadas con la pobreza y en el que las emisiones que provocan el efecto de invernadero amenazan con provocar millones de refugiados por razones climáticas, debemos visitar las tiendas de París y tocar las telas. Si las personas estuvieran preocupadas por los valores morales defendibles, no comprarían ninguna ropa de alta costura. Pero, ¿qué posibilidades hay de que Nathalie Rykiel —o las minorías opulentas de Francia, Italia o los Estados Unidos— adopten esos valores?

(Tomado de IPS)

*Peter Singer es catedrático de Bioética en la Universidad de Princeton, Estados Unidos