EL IMPACTO DE LA CRISIS MUNDIAL Y LAS RESPUESTAS: EL CASO ARGENTINO

Por Aldo Ferrer
Diario El Argentino
12-03-2009 /

La magnitud del impacto de la crisis mundial del mundo del dinero sobre los países subdesarrollados depende, en gran medida, del nivel de deuda doméstica y externa y de la capacidad de financiarla con recursos propios.

El apalancamiento y la relación deuda/patrimonio neto es determinante de la solidez o vulnerabilidad de las entidades financieras, las empresas y las familias.

Cuanto más sólida es la solvencia y liquidez del sistema financiero y menor la relación deuda/patrimonio neto de las empresas y las familias, mayor es la capacidad de resistencia al contagio de la crisis.

En el sector público, cuanto menores son las relaciones servicio de la deuda/superávit primario del Tesoro y servicios de la deuda externa/ superávit de la cuenta corriente del balance de pagos, más sólidas son las finanzas del Estado y menos vulnerables a los shocks externos.

En el caso argentino, por ejemplo, las entidades financieras están sólidas con una holgada relación deuda/patrimonio neto, liquidez por encima de los encajes legales, bajo nivel de incobrabilidad y calce de préstamos en moneda nacional con fondeos también en moneda nacional y préstamos en moneda extranjera con depósitos locales en moneda extranjera.

El nivel de endeudamiento de las empresas y las familias es relativamente bajo.

Los préstamos representan sólo el 13% del PBI.

La deuda externa privada es manejable.

Las empresas no se involucraron en grandes operaciones especulativas en el mercado de cambios a futuro, como sucedió en algunas firmas brasileñas.

Respecto de la deuda pública, la exitosa operación de salida del default en 2005 y canje de deuda vieja impagable, colocó los servicios futuros dentro de la capacidad de pagos con recursos propios.

Desde mediados del 2002, el Estado opera con superávit primario y el balance de pagos con superávit en las cuentas comercial y corriente.

El Banco Central cuenta con un buen nivel de reservas internacionales y tiene los medios necesarios para regular el mercado de cambios y de dinero doméstico.

En consecuencia, en el caso argentino, el contagio financiero de la crisis global es moderado y su impacto en el volumen de préstamos y tasa de interés poco significativo.

En cambio, el contagio de la crisis es grave por el lado de la economía real.

La transmisión se realiza por dos canales principales: el comercio exterior y las expectativas de la sociedad.

La baja de los volúmenes y precios de los commodities debilita la demanda agregada y reduce el ingreso de divisas.

El cuadro general de incertidumbre deprime la demanda privada de consumo e inversión y afecta, en primer lugar, a los sectores productores de bienes de inversión y durables de consumo.

El debilitamiento de la demanda de empleo influye en la masa salarial y el consumo.

La segunda vía de transmisión son las expectativas negativas, las cuales comprimen aún más el gasto y provocan la cobertura del riesgo percibido.

Esto último provoca la fuga de capitales.

En el caso argentino, por ejemplo, este efecto es muy grave.

En los últimos dos años han salido más de u$s 20.000 millones, absorbiendo el superávit del balance comercial.

Es una fuga comparable a la que precedió la debacle de fines del 2001 y el default.

Ahora, la situación es distinta porque la economía se financia con ahorro interno y con excedentes reales en el presupuesto y el balance de pagos.

En consecuencia, se pudo soportar el drenaje sin perder los equilibrios macroeconómicos.

En cualquier caso, la fuga de capitales debilita la posición financiera y deprime la demanda agregada.

En América Latina y otras regiones subdesarrolladas, la política económica enfrenta el desafío de sostener la producción y el empleo.

Cuanto más sólidos son los equilibrios macroeconómicos y menor la dependencia del crédito externo, mayor es la capacidad de maniobra de los gobiernos.

Los principales instrumentos de que dispone la política económica para enfrentar la crisis son tres: el gasto público, el tipo de cambio y la movilización del crédito interno.

1. Gasto público. Debe contribuir a sostener la demanda efectiva frente a la contracción de sus otros componentes: exportaciones y consumo e inversión privados. Es el papel clásico del gasto público en el enfoque keynesiano.

En nuestro países sólo es sostenible sobre la movilización del ahorro interno y recursos financieros y reales propios.

El crédito externo, si estuviera disponible, sólo sería conveniente dentro de los límites impuestos por la capacidad futura de servir la deuda en moneda extranjera.

El Estado debe seguir sosteniendo un superávit primario en el Tesoro y superávit en la cuenta corriente, para mantener la viabilidad financiera y la confianza.

A diferencia de los Estados Unidos y otros países industriales, la posibilidad de recurrir al déficit fiscal, como fuente de financiamiento del gasto público, es reducida o inexistente.

2. Tipo de cambio.

Es un instrumento crítico de la política económica.

El tipo de cambio necesario es aquel que fortalece el balance de pagos en cuenta corriente porque:
1) privilegia el compre nacional en las decisiones (de las empresas, las familias y el gobierno) de gastos de consumo e inversión;
2) estimula la diversificación de las exportaciones incorporando bienes y servicios de creciente contenido tecnológico y valor agregado y, por lo tanto, impulsando la gestión del conocimiento y la transformación de la estructura productiva;
3) logra que el lugar mas rentable y seguro para invertir el ahorro interno sea el propio país, y
4) desalienta los movimientos de capitales especulativos creando incertidumbre en los especuladores y previsibilidad en los tomadores de decisión de inversión productiva.

Este tipo de cambio de equilibrio desarrollista (TCED) difiere del tipo de cambio de equilibrio de mercado (TCEM) determinado por la oferta y demanda de divisas en el mercado.

En países como los nuestros, los precios de los commodities y los movimientos de capitales especulativos, tienden a apreciar la paridad y generar la enfermedad holandesa.

Particularmente en una situación crítica como la actual, nuestros países deben sostener una política de TCED.

3. Ahorro interno.

Es preciso rechazar el supuesto que nuestros países carecen del ahorro interno para financiar su desarrollo y que, por lo tanto, es indispensable recurrir al crédito y la inversión extranjeros.

El problema no es la insuficiencia de ahorro interno sino, como lo explicó Raúl Prebisch en sus estudios sobre el capitalismo periférico, el despilfarro del consumo conspicuo derivado de la desigualdad en la distribución del ingreso y la ausencia de canales adecuados de canalización de recursos.

Respecto de esto último una excepción notable es el Banco Nacional de Desenvolvimento del Brasil, una de cuyas principales fuentes de fondeo proviene de alícuotas sobre la masa salarial y cuyos préstamos son instrumentos fundamentales del desarrollo del país.

En el caso argentino, actualmente el ahorro interno es cercano al 30% del PBI, equivalentes a más de u$s100.000 millones anuales.

En el marco de la estrategia neoliberal, se disolvió el Banco Nacional de Desarrollo, creado en 1970 durante mi gestión en el Ministerio de Economía.

El país se endeudó hasta el límite de la insolvencia y vendió a filiales de corporaciones transnacionales, el control de los principales activos en petróleo, energía, telecomunicaciones y las mayores empresas privadas.

De las mayores 500 empresas del país, más de 300 son filiales y generan más del 80% del valor agregado de la muestra.

El epílogo fue el default y el descalabro del 2001/02.

Consecuentemente colapsó la tasa de inversión a sus niveles más bajos del 12% del PBI en 2002 y registró una fuga masiva de capitales.

En resumen, la adecuada regulación de los mercados financieros locales, el control de los capitales especulativos, paridades según el TCED y sólidos equilibrios macroeconómicos, son las condiciones necesarias para desplegar políticas para enfrentar la crisis mundial y seguir creciendo.

AF/