Entrevista a Diego Capussotto


Por EnriquE SymnS De nuevo en pantalla con
Peter Capusotto y sus videos —luego de la abstinencia durante los juegos olímpicos— y con miles de devotos que repiten sus hits en YouTube, en dvd, en ringtones, el actor aun siente como un gran misterio eso que con pudor y distancia llama “suceso”.
Algo tiene que estar pasando en el mundo del espectáculo para que vos te hayas convertido en uno de los tipos más requeridos por el periodis- mo. Resulta difícil entrevistarte tratando de
esquivar todo lo que ya dijiste en algún canal, diario o revista...

—Yo supongo que tiene que haber un gran vacío y de repente aparece un personaje o un programa que tiene un halo de romanticismo y encima está ubicado en la marginalidad del Canal 7, que no compite por el rating. Nosotros tenemos 3 puntos y algo de rating, que supuestamente para el tecnicismo medidor es muchísimo. Pero a nosotros nunca nos importó,
nos afectan más los comentarios y las opiniones que recibimos, son más genuinos que la valoración impuesta por los números. Igualmente, a mí no deja de extrañarme la reacción de los
medios, porque aparecemos en un programa que además de ser temático está ligado al rock. Pero creo que hay algo que vos debés conocer bien que es el misterio. Es misterioso nuestro suceso. Un suceso que te excede y que vos no previste. También
pasa que en los medios no hay mucho lenguaje humorístico, o si hay, aparece acompañando otros contenidos, así que cuando surge una forma de humor desde lo ficcional....
Chiche Gelblung, a raíz de unas declaraciones
que hiciste en la revista THC sobre tus experiencias con el porro, te acusó de ser un mal referente para los jóvenes...

—Chiche Gelblung para mí tiene la misma importancia que un paraguas roto. Sus acusaciones ni siquiera tuvieron importancia ideológica: lo que hizo está más vinculado al show que a una cierta forma de moral. Pero su acusación ni siquiera tuvo influencia en la opinión pública, ni siquiera produjo el famoso “che, ¿no será que este tipo le está dando malos consejos a los chicos?”. Él me está llamando desde hace dos años para invitarme a su programa y aprovechó esa entrevista para mandarme un mensaje. Me siguió llamando después de esa emisión para que fuera a justificar mis dichos. Lo que yo digo como una cuestión personal no tengo por qué justificarlo ante nadie. Además, él exacerbó mis dichos; no soy un adicto, ni siquiera soy un marihuanense. Urdapilleta me llamó furioso: “Vamos a denunciarlo, vamos al programa y lo cagamos a trompadas”. Pero hay que pelearse con gente más interesante. El consumo de drogas es algo estrictamente personal. Hay gente que se pone pelotuda y otra que se pone brillante. Para hablar de drogas se necesita cierta profundización, porque los medios las han demonizado, las han asociado a la delincuencia.
El prohibicionismo siempre es autoritario. No permite
reflexiones, ni admite disidentes.

—Es totalmente así, mientras tanto ellos enferman a la sociedad con sus políticas y sus opiniones. Yo, por estar aden- tro, sé que los medios funcionan con el primitivo esquema de “che loco, me falta media hora, ¿qué ponemos?” “Vamos a poner las drogas” No es ni siquiera una propuesta que venga de cierta preocupación. Se buscan temas que produzcan controversia aunque los disfracen de preocupación social. Si no te hacés cómplice de esa estrategia se quedan sin recursos. Por eso es que no hay que responder. A mí me resulta interesante si viene un tipo como Ricardo Bartis y me hace una crítica. Es un tipo con un discurso sólido, lo de él no es un balbuceo chapucero. Cuando lo fui a ver me habló muy amistosamente de mi programa. A mí me importa la opinión de tipos como él y también la del cartonero que me saluda cuan- do salgo de mi casa
¿A quiénes considerás los más grandes cómicos en la historia del cine mundial?
—Le escapo al concepto de “los mejores”. Es medio evangelizante. Pero para mí los más grandes fueron Buster Keaton y Los Hermanos Marx. Chaplin era bárbaro, pero su figura opacó la épica poética que contenía el humor de Keaton. De los humoristas más cercanos están Los Monty Python y Benny Hill. Son tipos con cierta sensibilidad poética y que te muestran una épica existencial. De los cómicos argentinos fundacionales rescato a Barbieri y a Don Pelele. Me gustaban mucho algunos desmadres de José Marrone y también las primeras cosas de Carlos Balá, que tienen mucha locura. También está Corona que es como un tío borracho y brillante que te hace quedar mal cuando lo invitás a una reunión.
¿Alberto Olmedo o Alfredo Casero?
—Yo creo que los dos. Ambos son representantes de un humor genuino aunque estén separados por distintas formas de contar. Olmedo es un tipo que me hizo reír siempre, desde sus comienzos. Pero hay distintos estilos para narrar. Francella es un buen comediante. Por supuesto que hay gente que me genera mucha más gracia que él, pero es un tipo que pela. A mí me gusta mucho más Urdapilleta, que es referencial. Urdapilleta y Pompeyo Audivert son referenciales. Referencial en el sentido de que cuando los vi actuar me dieron ganas de subir a un escenario. Por la sensación de celebración que generaban en el escenario. Tenían intensidad. Yo sentía que se prendían fuego. Creo que el escenario tiene que estar relacionado con ese fuego que ellos encendían. Daniel Aráoz también tenía ese fuego.
—Pero en la televisión he visto a un par de esos actores
actuando como si estuvieran sujetados, como si el esfuerzo por
adaptarse al medio los envejeciera...

—Lo que pasa en la tele es que no existe la autogestión. Es muy difícil hacer programas como Cha Cha Cha o Todo por 2 pesos, a pesar de que fueron producidos por la convención de iideas del Sur y de Tinelli. Esos programas tenían bar. Eso de juntarse en un bar y armar un programa no existe en la televisión. Nosotros hemos tenido la oportunidad de hacerlo. Y
ahora todavía más que en Todo por 2 pesos, porque no tenemos siquiera algún tipo de negociación con el canal. Se hace, se edita y así como se edita va directo a la pantalla. Ni siquiera hay un filtro. Un “bueno chicos, hablemos un poco sobre el concepto del programa”. Porque esa negociación siempre es un tanto espuria en televisión. Está siempre relacionada con lo que se considera “efectivo”. Ese es el principal motivo que nos hace quedarnos en el 7. No porque en los otros canales más grandes haya fantasmas que te digitan lo que decís, sino porque te lo van a ligar a la efectividad, que es justamente lo que menos nos importa. En esos canales no existe la autogestión, porque hay un productor con el que tenés que sentarte a explicarle por dónde va el programa o algo peor: que el tipo te diga “esto está funcionando”. Gracias a esa autonomía es que todos nos sentimos felices haciendo nuestro trabajo. Estamos en un lugar de privilegio en donde hasta podemos negociar la cantidad de programas que grabamos. Ahora vamos a hacer ocho y paramos. Porque en algún momento las ideas se te empiezan a caer y pasás a trabajar con la fórmula. Eso que ya sabés que va a gustar, te mecanizás. Por supuesto que en tele no sos tan romántico como en el teatro porque a veces no se te cae una idea e igual tenés que hacerlo. Hay actores que dicen: “A mí me encanta actuar, me fascina”. A mí a veces me fascina y otras veces me pudre. Hay días que llego sin ganas, con un humor de mierda.
Hiciste un elogio a la masturbación. No es frecuente que
alguien admita su onanismo. La masturbación no tiene pres-
tigio
.
—La masturbación es espléndida, es una sexualidad en sí misma. Y no la veo como un recurso que se utiliza ante la ausencia de otro. Al contrario, puede ser muy peligrosa y hasta impedirte o paralizarte en los encuentros con otro. A mí no me ha pasado de sentir intensidad sexual solo conmigo mismo y mis proyecciones imaginarias. Hay que admitir que la mayor virtud de la paja es su capacidad creativa. Construye escenas que no suelen sucederte en la vida sexual compartida. Muy cada tanto, si hay suerte, te pueden llegar a suceder en algún encuentro. Pero no es lo habitual. Yo nunca abandoné la masturbación. Al contrario. En alguna oportunidad he sentido una especie de culpa, una sensación de que no hay épica. Terminás y te decís: “Puta, yo tendría que haber estado con una mina”
Que te masturbes y tu mujer lo sepa, ¿no
afecta la relación?

—No, para nada. Yo cada tanto sigo armando mis escenas. Ella sabe todo lo mío. Jamás me ha dicho “che, me parece que tenemos que hablar de algo”. La masturbación forma parte del paisaje natural de la sexualidad. Lo que pasó es que siempre estuvo asociada socialmente con la culpa y la debilidad. Toda la sexualidad está atravesada por los prejuicios. Hay tipos que si la mina le mete un dedo en el culo se ponen mal porque creen que eso es de putos. Bajo el machismo asumido siempre se esconde un miedo a la homosexualidad reprimida. Hay prácticas que hoy en día están valorizadas pero que también estuvieron sospechadas. El sexo oral es un ejemplo. Realizarlo es un acto de generosidad sin límites. Lo raro es que en los 80, cuando estaba sin pareja y salía a conocer mujeres, yo me quería enamorar y no vivir una aventura erótica.
Transmitís una sensación de un hombre que no ha pade-
cido grandes penurias, que no ha sido mordido por el veneno
del sufrimiento..
..
—Padezco de una especie de sufrimiento existencial referido a la conciencia de la finitud, a la duda sobre la existencia de Dios. Son ideas o reflexiones que te colocan en el lugar de la tragedia. Creo que de ese lugar y de esa angustia es justa- mente de lo que se ríe el humor y que te permiten fugarte de la muerte. El humor se ríe de la tragedia, de la sensación de ser pequeño, de estar abandonado en esa pequeñez, el humor trata de encontrar la carcajada como hermandad, como un recreo del dolor. Viví el dolor que me produjo la muerte de dos hermanos, pero tuve una infancia dichosa, una infancia de esquina. Me gustaba mucho estar en la calle, tirarle piedras a los cargueros, siempre estuve con los atorrantes. No tuve estu- dios, hice primer año aprobado en el secundario pero dejé porque no me gustaba estudiar. En la adolescencia fui cum- pliendo con las convenciones de lo que hay que hacer: trabajé en una fábrica de corpiños, en una casa de repuestos, cumplí con la colimba y cuando salí me puse a laburar con mi viejo con el que tuve siempre un buen vínculo. Pero yo me daba cuenta de que nada de eso era lo que quería para mi vida.
Volviendo al tema de la muerte, de esa conciencia que tenés
sobre la finitud, ¿crees que esa conciencia del certero adveni-
miento se puede asumir con serenidad?

—Muchas veces, y para una gran mayoría, esa serenidad se alcanza a través de la idea de Dios... Dios se parece a un cuen- to que te cuenta un abuelo, acariciándote la cabeza para que te duermas tranquilo. Yo creo más en los misterios que en las religiones. Los misterios quizás no te aporten una certeza cabal sobre el sentido. El gran pro- blema que veo en la religiosidades la idea del premio. Es muy terrible esperar la premiación. No importa el libre albedrío de tu caminata por la existencia ni lo que te va enseñando el recorrido, lo que importa es la promesa previa de una premiación si te comportás de determinada manera. Es una idea horrible.
Freud en su libro El chiste equívoco señala otra característica del humor que contiene el guión de la mayoría de los chistes: siempre están sustentados en la debilidad, los defectos y hasta en las desgracias ajenas.
—Yo lo veo como una actitud infantil, te reís de esas aparentes desgracias con la misma espontaneidad con la que se ríen los niños. No es el tipo que se cae y se rompe la cabeza lo que nos da risa, nos reímos del que se cae y se levanta tratando de simular su caída. Pero los humoristas nos reímos sobre todo de nosotros mismos, en la propia vida encontramos el material. Pero si vos te aprovechás el marco que da la televisión y del personaje que sos para reírte solamente de los demás es porque te quedaste con muy poca cosa, sos pobre.
Cuando decidiste de adolescente que no querías un desti- no convencional, ¿te imaginaste como un actor consagrado?
—No. Quería jugar al fútbol, ser un jugador profesional. No era un sueño loco, yo jugaba de 10 y lo hacía bastante bien. O si no, quería tocar en una banda de rock. Pasaba que con el único instrumento con el que tuve cierta afinidad de oído fue la batería. Estudié con Gianello, el batero de Arco Iris. También me junté con algunos músicos pero no anduvo. Tenía muy escondida mi capacidad para actuar. De chico hice mis representaciones, viste esas cosas que te suelen contar los actores, que actuaron en el colegio o en alguna fiesta. Yo no tenía conciencia de que quería ser actor. Si ahora hago un recorrido hacia atrás en mis recuerdo encuentro huellas, pero si a los 15 años me preguntabas si me gustaría ser actor, te hubiera dicho “ que ni en pedo. Jugador de fútbol te hubiera dicho. La mirada del otro con la que me miraba yo estaba depositada en la imagen del jugador de fútbol.
—Sé que sos de Racing y que te gusta el fútbol, pero ¿no te
parece que el futbol como juego se degradó en esa mirada glo- balizadora que impuso la televisión?

—Es cierto. El fútbol se ha convertido en un circo y de alguna manera también se juega de otra manera. Pasa lo mismo que en la televisión, donde hay más necesidad de efectividad que de diversión. Hoy se cuestiona a un jugador como
Riquelme con esa etiqueta invalidante del “pecho frío”, mien- tras se exaltan “los huevos”, una exacerbación salvaje de cierta forma de interpretar la masculinidad. Se está perdiendo la impronta del jugador raro que hace lo que nadie espera. Igual, creo que sigue siendo un juego mágico. El único que se juega solamente con las piernas y con la ilógica de que existe el arquero que juega a otra cosa, que usa las manos para evitar que se produzca el gol, es decir el objetivo del fútbol. Las manos son inteligentes, pero las piernas normalmente solo te sirven para transportarte.
—Creo que las piernas alcanzan su apogeo mágico en la
danza, ¿vos sabés bailar?

—A mí me encanta ver bailar. Pero soy como dice Burroughs: “Me siento un extraño en mi propio cuerpo”. No sacaba a las chicas a bailar, me daba mucha vergüenza. Bailar es también exponerte ante la mirada y a mí me daba vergüenza corporal. Esa vergüenza la perdí haciendo teatro, aprendí a bailar en ese desmadre que resulta de convertirme en otro. Por eso hay que tener cuidado con lo que te pasa en el escenario. Podés subir para que todos te admiren como a un tótem. Pero eso no es interesante. Mejor es subir a celebrar, a tratar de ser un porta- voz de ciertas emociones o ideas que podés hacer circularentre los espectadores.
Como el fútbol, el rock también se esquematizó. En el rock nacional ya no se procura calidad sino masividad.
—Es cierto que hay una puesta en escena donde los ritos son premeditados; ya no se produce, como antes, esa sensación de estar buscando un sonido. Nuestro programa nació justamente con la idea de recordar una época donde se buscaba un sonido. Las bandas duraban dos o tres longplays y se disolvían porque no estaban sujetas a la comercialización y a la efectividad que implica comercializarse, en la que tenés que empezar a sonar como habría que sonar y no como sonás. Antes había bandas que buscaban afanosamente un sonido. Era una época más investigativa.
En Inglaterra, la investigación nunca cesó. Hay docenas
de bandas en la búsqueda de un sonido nuevo o diferente.

—Los ingleses fueron influenciados por los viejos bluseros yanquis pero le encontraron una vuelta que los hace diferentes, le han dado un toque muy personal, fueron y son muy creativos además de atrevidos. A través del programa, he tenido acceso a bandas inglesas que acá nunca se escucharon y que son indefinibles. Son como Hendrix, no podés decir simplemente que lo de Hendrix es rock. Los grandes músicos disuel- ven la idea del rock, lo superan como género. Son el misterio del sonido o una tribu de indios. Son como una imagen luminosa que vos conseguiste reflejar en tu revista (Cerdos&Peces): la imagen de una banda de locos navegando sin rumbo en un barco a la deriva, celebrando la existencia.
¿Amigos o mujeres?
—Las mujeres me despiertan más curiosidad que los hombres, es más fascinante explorar su mundo. Pero me gusta mucho estar con mis amigos, hacer cosas con ellos.
—¿Fuiste un buen amigo, nunca traicionaste?
—He cometido actos de los que me he arre- pentido por mi falta de nobleza, porque ten- dría que haber reaccionado de otra manera. Me acuerdo de que una vez el Negro Márquez me comentó que andaba muy mal de plata, que no tenía un mango. Y yo lo escuché como si no tuviera nada que ver conmigo, le hice algún comentario y después me fui a dormir. Tendría que haber ido a mi casa a buscar plata, que es una cosa que yo suelo hacer pero esa vez no hice. Y como seguimos siendo amigos, una vez él me lo hizo notar. El negro es tremendamen- te sincero. Eso de decirle a un amigo: “Estás equivocado” es lo más difícil. Pero traicionar, nunca. Acostarse con la mujer de un amigo, eso me parece que no hace falta. Pero también
hay que ver el misterioso recorrido que puede suceder entre esa mujer y vos, que acontece independiente al entorno donde se encuentran ubicados. La fidelidad es como una convención igual a la idea de “hasta que la muerte los separe”... ¡la concha de tu madre! ¡¿Cómo que hasta la muerte te separe?! A mí me parece muy natural que la mujer esté con vos encamada y en su cabeza se la esté cogiendo George Clooney. No solo me parece natural, es lícito. Recuerdo a un periodista, Osvaldo Baigorria, que hablaba de los pactos de amor libre y del hecho de contarse libremente las aventuras eróticas que tenés fuera de la pareja. Eso es algo que la sociedad no puede tolerar ni legitimizar. A mí cualquier relato por- menorizado de sus relaciones anteriores que me haga mi mujer no me molesta ni me inquietan. Me gusta que miren a mi mujer, porque yo no pienso que estásmirando a mi mujer que es mía.
Vivimos en una sociedad colapsada, la miseria es una
zona selvática donde cunden el dolor y la desesperación. Allí
no hay ninguna épica.

—Me da mucho dolor la vida del desclasado, pero creo que los medios exacerban y mistifican esto de vivir en la selva. Hay una política de desgaste donde los medios describen esa tragedia social desde una mirada donde la víctima es la clase media. Esa idea perversa de la falta de seguridad que te hace entrar en un territorio ficcional donde ya no podés andar por la calle. Es parecido a la demonización de la droga que te lleva a la delincuencia, a los desclasados los lleva al delito pero no
por la droga sino porque están desclasados. Hay una mirada que nos hace cómplices del desclasamiento. El desclasado esel tipo con el que vos no te querés encontrar. Me aterra más la mirada que tiene la gente sobre lo que pasa en la calle que los
episodios de horror que puedan suceder. No quiero parecer conspirativo pero esa idea de que hay zonas
liberadas parece una estrategia política, permite conformar un discurso homogéneo para condenar y reprimir a los desclasados. Esa idea que están consiguiendo imponer de que hay un montón de negros acechándonos para invadir y destruir nuestra privacidad. De lo que no hay duda es que se ha producido una devastación social en los últimos años.
Tenés dos hijas...¿cómo es ser padre? Es una escena que desconozco.
—Como dijo Peter Hammill una vez, uno empieza a mirar el mundo a través de los ojos de sus hijos. Tengo que cuidar a mis niñas en este momento de sus vidas que son muy pequeñas, pero lo que tengo que hacer después es dejarlas que vayan corriendo hacia el mar sin gritarles “cuidado”. Sé que con el tiempo se tienen que des- prender, no me preocupa. Lo único que me preocupa es no poder dar el ejemplo, eso de estar diciendo una cosa y haciendo otra. A mí me parece importante que tus hijos empiecen a ir a los lugares adonde vos vas, que te vean en acción como persona. De eso se van a acordar cuando sean grandes, no de lo que pasa en la casa donde se impone la imagen totémica del padre.
¿Y los libros, tuvieron importancia en tu vida?
—Recuerdo solamente a los tipos que me conmovieron: Nietzsche, Artaud, Rimbaud, Baudelaire. Tipos incendiados por la desesperación. Henry Miller decía: “Hay que vivir sin la menor esperanza, pero no desesperadamente”. Sin embargo, la desesperación enciende tu vida, muchas veces sin ese fuego la vida pierde su encanto. “
Piblicado por critica