De golpes, Carmonas y tiros por la culata

La imagen del golpista venezolano Pedro Carmona emerge detrás de los ruralistas Luciano Miguens, Mario Llambías, Eduardo Buzzi y Hugo Biolcati.
Por Mempo Giardinelli
¿Qué nos dirán ahora a los que desde hace cuatro meses hablamos de golpe y alertamos sobre el peligro que corre nuestra democracia?

Porque ahora está más claro que nunca: este conflicto no es por las retenciones, ni por una ley, ni por “el campo”, sino por el modelo económico y el poder político.

Hace más de cien días, los que hablábamos de golpe éramos considerados poco menos que locos. Muy bien, no hablemos más de golpe. Pero miren alrededor. Aquí lo que se juega es la democracia. Si gana el No en el Senado y retornan los monstruos del pasado –hoy nucleados con inesperada astucia por la Sociedad Rural, una Federación Agraria que traicionó su historia gracias al señor Buzzi y un movimiento protofascista de pseudo autoconvocados liderado por el actual favorito de los medios del sistema conservador, el señor De Angeli–, pobrecito nuestro país.

Si ganan en el Senado van a pedir la renuncia de CFK. Quizá no al día siguiente, pero seguirán esmerilando al Gobierno hasta que, acaso, caiga.

Y si pierden y sale la ley como está, van a patotear a la Corte Suprema como hicieron con gobernadores, intendentes, diputados y senadores. Y no nos extrañemos si en algún momento son capaces de llamar a una huelga general para “carmonizar” a la República, llevándonos a una venezolanización, pero no porque los K sean como Hugo Chávez sino porque alrededor de la SRA se nuclea lo que ya puede ser considerado el Carmonismo Argentino. Sólo faltará ver entonces quién será el Pedro Carmona vernáculo.

Con ellos, detrás de ellos, desgraciadamente, hay mucha gente honesta y trabajadora, de buenas intenciones, pero fanatizada contra los K, soliviantados todos por los medios que difunden los apocalípticos discursos de Carrió, los Rodríguez Saá, Duhalde, De la Sota, Cecilia Pando, Schiaretti, el coronel Reimundes, Reutemann, la peor izquierda insurreccional y oportunista, el Partido Socialista nuevamente dividido y –para completar el cuadro– los restos de un radicalismo que desdichadamente perdió la brújula política. Porque hoy los radicales deberían estar críticamente del lado de las instituciones, como lo estuvo hace dos décadas Cafiero al lado de Alfonsín cuando los ataques carapintadas. Y no del lado de la destitución neogolpista, como en los peores capítulos de la historia de la UCR.

Es claro que no es políticamente correcto hablar de golpe, pero esto se le parece demasiado. Ni militar, ni de mercado, como tantas otras veces, éste sería un golpe de Estado de nuevo cuño, de accionar inédito, mediáticamente estimulado y con la misma ideología reaccionaria y neoliberal que ya padecimos.

Por eso, todas las concesiones que hizo CFK en estos meses ya no interesan. Lo que quieren es otro gobierno, uno que retroceda 15 años y restituya el modelo neoliberal del menemismo. E incluso muchos –aunque no lo confiesen– preferirían el autoritarismo de 30 años atrás.

Nada de eso quieren las grandes mayorías argentinas, y en particular el pobrerío nacional, que es el convidado de piedra de esta crisis miserable.

Se equivoca Lilita Carrió cuando dice que en contra de la ley que votará el Senado está “el 70 por ciento de nuestra sociedad”. Ese disparate deviene de que no conoce el interior del país y ahora se rodea sólo de la paquetería porteña. Pero más yerra cuando dice que “estamos en manos de un gobierno profundamente autoritario”, porque si hay algo de lo que no se puede acusar a los K es de autoritarismo. ¿Cuál? No ha habido represión en cinco años, ni un solo muerto en piquetes y manifestaciones políticas. Hay, y está a la vista, una libertad de prensa como jamás hubo en la Argentina. Se pusieron en marcha juicios ejemplares que antes se negaban. Se garantizó la expresión de todas y cada una de las protestas callejeras, en todo el país. Y CFK casi no firmó decretos de necesidad y urgencia. ¿De qué autoritarismo habla Lilita? No puedo creer que se haya olvidado del de Menem, o el de su ex correligionario De la Rúa.

No integro la llamada Carta Abierta, pero comparto muchas de sus posiciones. Yo también defiendo en este momento al gobierno K, a pesar de sus innumerables torpezas, de sus incongruencias, de su vocación de suicidio comunicacional, de sus permanentes metidas de pata, de sus necedades y falta de transparencia, y a pesar incluso de figuras irritantes como los señores Moreno, Jaime, D’Elía o De Vido, entre otros.

El fondo de la cuestión es que los patrones rurales y la oposición resucitada no vienen a derogar la 125; vienen por el gobierno que los votos no les dieron en diciembre pasado. Y que no les dan jamás, de hecho, y ésa es la razón única y profunda por la cual siempre acaban promoviendo golpes de Estado. Pero como el mote de golpistas no les gusta, la bestia negra del agrarismo dice que el golpe “es una invención de los K porque no saben cómo gobernar”. Sería gracioso si no fuese un argumento tan cretino y mentiroso.

Es hora de dejar de lado frivolidades como la indumentaria o el estilo de CFK, el gobierno dual o la injerencia del “ex presidente en funciones”, como machaca diariamente desde hace meses el dirigente periodístico Nelson Castro. Todo eso es distractivo, provocador y necio. Lo que hay que discutir es cómo mejorar el presente de un gobierno también necio y encima atontado, y cómo evitar que la República Argentina padezca otro gobierno neoliberal si cae Cristina –digo, es un decir, si cae– que nos retrotraiga a las políticas neoliberales de los ’90, como bien escribió ayer Eduardo Aliverti.

Eso es lo que ocultan los rentistas del agro, y eso es lo que perjudicará y condenará a la inmensa mayoría de los bienintencionados que esta tarde probablemente estén en el acto de Palermo. Ciegos, no ven que mientras la democracia sigue en riesgo, si se cambia este gobierno a muchos de ellos les va a salir el tiro por la culata por apoyar a sus verdugos. Como pasó tantas veces; la última, en marzo de 1976.